Pop-Up TECH

2020

 

El despliegue de unas tecnologías pop-up en contra de la violencia
Lucía Egaña Rojas

La dimensión tecnológica atraviesa un amplio espectro de lo que constituye nuestras vidas, llegando en la actualidad a estar presente en prácticamente todo. Es habitual pensar lo tecnológico meramente como lo maquínico, lo electrónico o lo mecánico. Sin embargo ha sido desde algunos feminismos y desde una revalorización de las tecnologías ancestrales que se ha ido tensionando esta concepción sesgada y reducida, para hacerla estallar y complejizar en sus múltiples aristas y expresiones. La presencia de lo tecnológico se encuentra imbricada con nuestra vida de formas que a veces no logramos percibir, porque habitamos un presente extraño y distópico que nos lleva a reducirlo todo a la dimensión de la pantalla. La exposición Pop-up Tech nos invita a ampliar y redescubrir una serie de aspectos de lo tecnológico que, por distintos motivos, nos han sido extirpados.

Pensemos la tecnología como una escritura en códigos. Códigos legales y de conducta; códigos postales y genéticos; código de honor y de Nüremberg (que en realidad fue un código de ética médica); códigos promocionales, morse, qr y ascii; códigos de reserva, de barras y de tarjetas de crédito; códigos de verificación, de validación y de recuperación; código binario, escrito no sólo en la base de nuestra informática sino también en nuestros cuerpos generizados, separados en dos bandos aparentes y ficticios bajo una retórica de lo natural; códigos mayas y guatemaltecos destruidos por conquistadores y misioneros al llegar, y rebautizados los sobrevivientes con nombres como Dresden, Madrid o París (ya que se los llevaron a dichas ciudades) ¿qué tienen los códigos que para los invasores europeos haya sido necesario destruirlos, robarlos y borrarles el origen? Este texto es también un código que se despliega bajo la forma de las letras para enredar conceptos, ideas y cuerpos a lo largo de un escrito que se obsesiona con la emancipación de su propio formato. Porque los código, también trascienden sus formatos, arrastrando implicaciones legales los códigos qr; binarizando la genética a través de la verificación visual; acreditando el honor y la conducta a través de una estandarización equiparable a un código de barras. Por ejemplo.

Sin ir más lejos en los años 30, en Estados Unidos se implementa el código Hays, que reglamenta qué tipo de imágenes son posibles de incluir en una representación cinematográfica. Se trató de un sistema de censura y a la vez una forma de modular lo visible (y con ello lo posible) implementado por las películas hollywoodenses que afectan hasta hoy nuestra visión sobre el mundo. Dicho código no sólo imponía el carácter sagrado del matrimonio y la familia nuclear, sino que, también modulaba la representación de la sexualidad, de las relaciones interraciales (un hombre negro no podía tener sexo con una mujer blanca en la pantalla), o de las prácticas que aparecían (siempre el amor monógamo y heterosexual, nunca el sexo), entre otras.

¿Cómo relacionar la reglamentación de la representación previa a la aparición de internet, con las formas en las que la red opera hoy en día? Sin duda esta exposición virtual nos acompaña en esa tarea, ofreciéndonos una serie de visiones situadas y particulares de cómo los distintos modos de codificación permean nuestro cotidiano.

La pieza de Alegría González Planás nos introduce al espacio de la memoria planteando una relación entre las formas de ofuscar archivos históricos y digitales, una estrategia que puede ser empleada para alejarnos de la verdad y a la vez para protegernos de la vulnerabilidad. En esa línea el proyecto de Adriana Peralta y Jazmín Ruíz Díaz plantea una fuerte interrogación a las plataformas de encuentros y citas como un espacio que modela la percepción del deseo. ¿Cuánta ofuscación hay en las sólo en apariencia transparentes retóricas del match? En esa indagación por el deseo y la identidad sin la mediación de las macro corporaciones de internet emerge el proyecto de Naitsirc Ortsac, un diario de vida emancipado de las redes sociales hegemónicas y que en su práctica se alinea con una tecnología experimental del yo. Bastión Moral nos expone a la violencia de la propia codificación, en este caso sexo-genérica, descuartizando a las tradicionales tecnologías del género para convertirlas en aparatos funcionales al deseo desviado. Esta práctica se hace extensible a un proyecto vecino, el de Amoral. Vena Rota nos presenta una ficción mediática y un ejercicio de imaginación política a través de la implantación de un “Nuevo desorden mundial” que vendría a revocar los discursos homófobos y conservadores de los espacios de poder. El proyecto de David Amado nos vuelve a alertar en torno a los modos y lugares de enunciación que han habilitado y siguen habilitando ciertas estructuras de poder. Y para finalizar dos piezas que cuestionan los modos de organizar las epistemologías: el trabajo de Pamela Castillo que imagina un futuro revisando la noción occidental de modernidad, sus construcciones y las implicaciones de la linealidad temporal. Por otra parte, el proyecto de Lupita Quispe nos invita a recuperar una tecnología ancestral como es el tejido, para entender la escritura como una composición textil, que desborda las jerarquías impuestas por la consideración de lo tecnológico como algo meramente electrónico. El textil nos permite entonces recuperar otro código para surcir y reparar siglos de violencia estructural.

Esta exposición se abre como un libro pop-up, aquellos que se transforman y expanden desplegando solapas, pestañas y figuras emergentes. Se trata de libros tridimensionales en un sentido material que requieren cierta ingeniería del papel, donde podríamos considerar parte de esta ingeniería los ejercicios del código que representa la escritura. Pero pop-up también refiere a aquellas ventanas que en la pantalla del computador aparecen de forma emergente y a veces involuntaria. Esta emergencia es habitualmente aprovechada por la publicidad y su intención corporativa, pero es ese gesto de urgencia el que precisamente esta exposición subvierte. Podemos considerar las piezas de esta muestra como pop-ups políticos, identitarios o epistémicos, que aparecen como parte de una operación apremiante de contrabandeo en la red, Podemos imaginar quizás cómo algún navegante desprevenido, abre una pestaña nueva que ilumina su rostro de disidencia, de preguntas y cuestionamientos. Podemos imaginar cómo, cada una de estas obras, es capaz de irradiar pensamiento crítico para ir, poco a poco y desde lo micropolítico, entretejiendo otro tipo de red y otro tipo de convivencia comunitaria, estableciendo un marco común para lo que hoy en día nos falta.

 

*Exposición que finalmente se tuvo que realizar on-line a través de la plataforma hotglue con artistas y activistas de Paraguay, Ecuador y México.

 

Alegría González Planás

Ofuscación”

El work in progress que presenta Alegría González Planás (que ya en su nombre trae algunos indicios de ofuscación), aborda las historias laterales de los archivos del terror. Explorar este tipo de fondos documentales es una práctica difícil y dolorosa por lo que implica histórica y socialmente este capítulo para la memoria paraguaya. Sin embargo la aproximación de Alegría resulta curiosa puesto que no explora las zonas del terror nacional desde la obviedad de lo explícito, sino a través de los materiales que suelen ser ofuscados en los archivos institucionales. Ya sea lo que Ann Cvetkovich llama “archivos de sentimientos”, aquellos constituidos por materiales inusuales, sensibles y emocionales que, tal como el trauma mismo, cuestionan las formas convencionales de la documentación; o bien, aquello que es inaccesible por su proliferación neutral.

La investigación de Alegría González aborda el estatuto de lo que ha sido recopilado por la Comisión de Verdad y Justicia, organizado con nombres genéricos y aparentemente neutrales (R007F1560, R008F0074, R008F0075, R008F0227…) como una letanía que en la retórica de la imparcialidad, pone en práctica operaciones de ofuscación de la memoria. ¿Qué nos dice R008F0074 o R008F0075 de un proceso histórico, político y social con implicaciones subjetivas e identitarias? Probablemente poco, y de esta forma es que el proyecto “Ofuscación” nos invita a preguntas en torno a la naturaleza de los archivos y a cómo se articula la memoria (o la desmemoria) a través de ellos.

Tal como sucede en la red, a veces la aparente neutralidad, sumada a una cantidad ingente de posibilidades (que no son tantas alternativas sino más bien repeticiones de lo mismo), deviene borradura y enclave para la ceguera. Son necesarias las exploraciones inusuales, las inspecciones inesperadas, una archivística distinta que cuestione y repiense otras formas la memoria y con ello, lo que en la realidad produce.

 

Adriana Peralta y Jazmín Ruíz Díaz

ut[app]ías del deseo

ut(app)ías del deseo” es un work in progress desarrollado telemáticamente entre Adriana Peralta y Jazmín Ruíz Díaz quienes actualmente habitan en dos espacios geográficamente distintos: una en Londres y la otra en Asunción. En su caso internet, la diferencia horaria y la distancia física, ha sido parte sustancial de la forma de trabajo.

El proyecto parte de una investigación crítica en torno a las aplicaciones de citas que al día de hoy intervienen cotidianamente en las formas de relacionamiento sexo-afectivo de gran parte de la población usuaria de internet. De esta forma ellas se preguntan cuánto condicionan las interfaces de las dating apps a las formas de circulación del deseo, incluso al deseo mismo, y así despliegan una serie de preguntas que puedan servir de disparadores de la disidencia.

Además de textos, citas e ilustraciones, la investigación presenta una parte de trabajo encarnado donde las artistas, usando su propio cuerpo, buscan probar y cuestionar la aparente transparencia de los modos de representación de estas aplicaciones. A partir del estudio de la selfie, una suerte de carnet de identidad digital, exploran cómo se reduce al sujeto a la pura superficie de la imagen facial (especial para que la inteligencia artificial corporativa nos tenga claramente identificadas y reconocibles). Así es como la selfie determina el operar de las plataformas y la organización del deseo, a la vez que naturaliza una serie de filtros determinados por empresas comerciales que no solo homogenizan nuestros rostros, sino también configuran una suerte de documento de veracidad trastornado por esa capa aparentemente invisible. Adriana y Jazmín buscan ir haciendo explícitos los posibles filtros sobre la imagen, abriendo la posibilidad de devenir cyborg o alien, en ese juego de proyecciones actualmente clausuradas que son las dating apps.

Su proyecto busca abrir espacio a nuevas figuraciones de las inclinaciones sexuales, inaugurando la construcción de un catálogo desviado de utopías del deseo, un bestiario de posibilidades infinitas para explorar las formaciones y deformaciones libidinales que, sin duda, nos merecemos tener.

Naitsirc Ortsac

Ai am not Naitsirc Ortsac

¿Qué pasaría si de un día a otro se cayera internet y con ello todos los contenedores y contenidos que en la red habitan? El proyecto de Naitsirc Ortsac es un subproducto del encierro y de la serie de “introspecciones improductivas” que han sido facilitadas por la pandemia. Un tiempo que dio lugar a repensar cuánto de la autorrepresentación estaba siendo filtrado por las reglas y formatos de plataformas privativas como Instagram. ¿Qué pasa cuando el cuerpo se emancipa del cuadrado, cuando se emancipa de los segundos específicos que una plataforma permite para la imagen en movimiento? ¿Qué pasaría si dejáramos de someternos a la cultura del scroll? ¿Es posible pensar la navegación entre plataformas, y sus marcos ideológicos, como modos de transicionar entre espacios para la autorrepresentación?

El proyecto “Ai am not Naitsirc Ortsac” es un diario de vida en formato screenshot. Se trata de exponer el código fuente (lo que habitualmente no se ve) de Chancleta o un abanico de desbordes identitarios que, más allá de la superficie del escritorio y de la pantalla, navegan y transitan en la desordenada aleatoriedad de los múltiples yo’s posibles. De alguna forma es una puesta en abismo del yo, donde como si fuera una muñeca rusa, una cosa se replica en el interior de sí misma provocando una profundidad sin fondo. Si las pantallas y escritorios nos llevan a una relación constante con la superficie, el ejercicio propuesto por Naitsirc Ortsac nos obliga a interrogar esas superficies en tanto interfaz para la autorrepresentación, y como si se tratara del recargado registro de una época, indicar su fallo y propia clausura. Porque a pesar de todas las esperanzas depositadas en la superficie como argumento de lo visible y por tanto de la verdad, la consecución del algoritmo de la subjetividad es un impulso fallido, el sino de su propio fracaso y una ficción imposible que en la superficie de la pantalla no se puede capturar.

Bastión Moral

Sin título”

Bastión Moral lleva toda la vida navegando las prótesis del género. En la pubertad surfeando los códigos de la mujeridad normativa a través de los concursos de belleza, que definen lo que es condición ineludible para llegar a ser, aunque sea una infinita aspiración que no se concreta nunca, una buena mujer. Y en la actualidad, embarcándose en una pasabilidad trans que busca, infructuosamente, conseguir en una cultura rígida atravesada por los binomios. Porque precisamente el binomio sexo-género es un algoritmo roto que nunca resuelve los problemas que plantea.

El manejo de los códigos con los que se programa el sexo-género no es un saber neutral, más bien, y como todo código, se inscribe en los cuerpos con una violencia que crece exponencialmente ante la falta de claridad, ante la falta de un consenso entre quien encarna el código y las instituciones que imponen su uso. Bastión Moral conoce de primera fuente toda la violencia corporal que compromete la construcción de la belleza hegemónica, pero también la violencia que implica el no coincidir con sus parámetros. Es violento buscar encarnar un imposible como es la belleza occidentalizada de la mujer ideal, pero también es violento apostatarla, porque en la renuncia hay un reclamo que el “cistema” (el sistema basado en la cisgeneridad) no es capaz de asimilar.

El género como prótesis, cuando no es explícito, duele. Por eso hacer visibles las prótesis puede devenir una forma de sanar las heridas dejadas por la cisnorma. Si la relación con el sexo-género fuera un juego BDSM, donde el pacto y el consenso forman parte fundamental de la práctica, sin duda habrían menos heridas y cicatrices en nuestras historias disidentes. Por eso el proyecto de Bastión Moral tensiona todos estos elementos, construyendo prótesis del placer consensuado a partir de esas otras prótesis, violentadas por el discurso de la belleza, ofreciendo así un ejercicio alquímico de curación desviada.

Amoral

El trabajo que presenta Amoral está en la línea de una serie de proyectos que abordan las tecnologías desde su presencia en el cuerpo, como una herramienta clave en la construcción del género.

Quizás vale la pena pensar en el sistema digestivo de las vacas, tal como lo plantea Lucrecia Masson a partir de sus epistemologías rumiantes, ya que el bikini que construye Amoral está hecho a partir de mondongo, una carne del sistema digestivo de la vaca. Para Masson el carácter rumiante de la vaca le sirve para cuestionar la temporalidad heterosexual y su amplio sistema de valores, donde la juventud y la belleza normativa; y la agilidad, la rapidez y la eficacia modernas marcan una forma de relación con el mundo. Para esto Masson se basa en la observación de, precisamente, el sistema digestivo de los bovinos que consta de cuatro estómagos. Este sistema a partir de una estructuración compleja permite el aprovechamiento de una serie de nutrientes de diverso carácter para lo cual requiere de un lugar y un tiempo pausado para ejecutarse. Este lugar podríamos pensarlo como una resistencia a la fiebre de las redes sociales, a las transmisiones en vivo, a la pura exposición febril de contenidos en directo cargados de autorreferencia que podemos hoy percibir en las redes sociales corporativas. La temporalidad rumiante entonces como un desafío para ese tiempo heterosexual que además de lineal se emborracha de velocidad como si de una cita futurista se tratara. El vestuario que presenta Amoral en su proyecto entonces hace del insulto que puede significar la enunciación “vaca” un traje de oropel para cuestionar los efectos corporales de las tecnologías del género que constituyen el orden mundial imperante.

Vena Rota

Nuevo desorden mundial”

La pieza de Vena Rota se formaliza como una perfoweb conspiranoide en la que resuenan los miedos de la subjetividad reaccionaria que teme perder su potestad sobre la construcción del mundo. Por eso necesariamente esta perfoweb dialoga, aunque sea desde el sarcasmo, con la contingencia política, social y mediática conservadora de Paraguay. La misma que culpa al trabajo de ONG’s de derechos humanos, los discursos de la ideología del género (nunca antes se explicó tan bien resumida la filosofía de Judith Butler), las políticas identitarias o los feminismos abortistas, de estar imponiendo un “nuevo orden mundial”.

Vena Rota se apropia de esta terminología apostando por un nuevo desorden mundial, uno no-heterosexual, estéril al modo de Lee Edelman y a la vez utópico y vitalista en la línea de José Esteban Muñoz. Un nuevo desorden mundial que apela a otra disposición sensible, hacker y abortista, una agenda de la fragilidad que afecta a las viejas constituciones imperantes. Y es que efectivamente para los códigos legales el desorden será diferente a como lo imaginaron sus guardianes.

Hay una extraña forma de sustentabilidad implicada en esta política de dejar morir algunas partes para que puedan nacer otras. Volver a organizar la vida implica poder convertir la violencia históricamente recibida en un fetiche sexual que encarna orgullosamente aquello hasta ahora decretado patológico. Es la potencia de lo desviado la que complace sus propias cochinadas sin condiciones.

En el antiguo orden la comodidad se anclaba en la exclusividad de la heteronorma, de las cis-sexualidad, de la naturalización del racismo, del control de los cuerpos y de la red. Pero en el desorden la comodidad del privilegio se extingue. Y lo peor es que no hay nadie a quien culpar, ninguna cabeza que cortar. No hay nadie detrás, sino una multitud micropolítica descontrolada, como un virus corriendo por las venas del mundo, o por el cableado de fibra óptica debajo de los océanos, parte indiscutible de sus arterias contemporáneas que también pueden ser venas rotas.

David Amado

un auto abandonado en garibaldi”

En el trabajo de David Amado, como en muchos de los trabajos de esta exposición, participa el cuerpo del artista como parte de la pieza. Pero a diferencia del resto, en esta obra el artista no es el protagonista de ella, sino que aparece como un observador.

De esta forma el proyecto expresa las tensiones que se producen ante la representación de la otredad, un asunto que se debate desde hace siglos a propósito de la antropología e incluso de las ciencias médicas. El cómo se representa a lo otro es un problema que da cuenta de quiénes han tenido el poder de la representación y quiénes han estado siempre en el lugar de lo observado, lo analizado y lo visto. En “un auto abandonado en garibaldi” se escenifican esta y otras tensiones que emergen de la conflictiva relación entre lo cis y lo trans. Como por ejemplo, la exigencia constante a las disidencias, a las personas racializadas o a las minorías en general de tener que hacer pedagogía a los que no lo son, habitualmente varones y mujeres cis, blancas, de clase media o alta, con acceso a la educación y sin una “anomalía” física visible. Estas cuestiones que se van expresando entre David y James (los personajes de esta obra), dan cuenta de la insistencia de ciertas miradas en su pedir explicaciones y cómo ciertos cuerpos han de justificarse a sí mismos para ser representados o para acceder a la promesa de una futura representación.

Esta pieza refleja de excelente forma el funcionamiento de internet, que junto a sus interfaces, modos de censura y discursos de “libertad de expresión” expone quiénes son los cuerpos que han diseñado las formas de habitar el cyberespacio, y cuáles son los cuerpos que, autorización mediante, pueden llegar a aparecer. Así podemos pensar, junto con esta obra, cuáles son los marcos reguladores que ha producido la cisgeneridad, y cuestionarnos si la relación entre identidad y redes sociales es una práctica realmente emancipada de esos marcos reguladores que siguen programando las formas en las que podemos aparecer, o no.

Pamela Castillo

Imaginar un futuro”

La propuesta de Pamela Castillo fuerza a la modernidad a dar un paso atrás. Esa modernidad que se “concretó” y se hizo cemento al establecer un damero reticular, e implantó una ficción de orden.

Uno de los principios de la permacultura es que “la riqueza está en los márgenes”, y siguiendo esa directriz es que el proyecto “Imaginar un futuro” indaga en las periferias urbanas, llenas de “huecos de modernidad”. La investigación en torno a formas, técnicas y materiales ancestrales se vuelve una posibilidad para activar un futuro que elude la distopía. Se trata de una invitación a subvertir el orden moderno que caracteriza como “menos civilizado” aquello que por ancestral es capaz de alterar la visión lineal del tiempo progresivo, situándose precisamente en la posibilidad de un futuro: una temporalidad torcida.

Así mismo el trabajo de Pamela Castillo bebe de las reflexiones del urbanismo feminista, que cuestiona la jerarquización del espacio público, y su transferencia y reflejo al espacio privado. De hecho, es posible que la tajante distinción entre público y privado no sea más que una consecuencia de la distribución patriarcal del espacio, puesta en cuestión por el carácter afirmativo de la propia naturaleza, que invade y hackea las imposiciones del concreto.

El discurso de este proyecto, que es además de una web, un proyecto pedagógico y una serie de intervenciones del espacio público, no debe ser leído en clave ecologista o en alianza con el capitalismo verde, sino desde una perspectiva crítica que busca transformar los modos occidentales de colonizar el espacio, que establece diferencias y jerarquías en forma de binomios: entre privado y público, entre dentro y fuera, entre centro y periferia.

En definitiva, el proyecto de Pamela Castillo es una invitación a pensar el habitar a partir de una perspectiva material, que incorpore desde los cimientos de nuestra subjetividad hasta los modos en los que nos organizamos comunalmente.

Lupita Quispe

Ser volcán”

El proyecto “Ser volcán” es un poemario tejido, bordado con código en un formato digital. No es casual que las palabras texto y textil tengan la misma raíz etimológica, provenientes del vocablo tejido. Si bien tejer y escribir son prácticas similares, han sido siglos los que han tratado de borrar, incluso con violencia, esa relación, dejando la práctica de la urdimbre recluida al terreno de lo artesanal y lo feminizado, y separándola de la escritura, práctica masculinizada e intelectualizada por occidente.

La escritura parece una práctica estructurada, progresiva y lineal, tal como la concepción del tiempo normativo, de la historia que se nos trata de contar. Sin embargo el textil nos permite abandonar esa supuesta linealidad de los textos para producir nuevas relaciones y articulaciones que no están contempladas por lo lineal. Formas de pensar, epistemologías diversas y desobedientes, estructuras entrelazadas de materiales y escritos. Tal como indica la artista boliviana Sandra Berducy “el tejido sí es un esquema de pensamiento donde estás resolviendo un problema de urdimbre, de determinada forma, aplicando una lógica específica, y esa lógica, ese modelo de pensamiento se lo aplica también en otros ámbitos, en la vida cotidiana”.

En el proyecto “Ser volcán” de Lupita Quispe no sólo encontramos una propuesta de texto-laberinto, o un espacio para perderse dentro de un bucle, sino también una propuesta que considera la tecnología como una práctica textil. La contundencia de ese enunciado nos habla también de distintas formas de habitar el espacio digital. Una especie de perspectivismo, tal como lo describe Viveiros de Castro, pero aplicado a una consideración multiespecista que incluye a máquinas y códigos informáticos en tanto prácticas vivas de navegación por esa geografía que a la vez es cuerpo, territorio y laberinto habitado por “colibríes drogados de pasiflora”.

Proyecto impulsado por TEDIC (Uruguay)